domingo, 20 de mayo de 2012

Capitulo ll. Mi nacimiento y la muerte de mi madre



Vi la luz por primera vez en un pequeño pueblo de la provincia de Almería, 1935,  (España). Pero no estuve solo, ocupé el tercer lugar de dos hermanos: Elena de 8 años y Miguel de 4
En aquellos años de hambruna que padecíamos en nuestro país, mis padres lo tenían muy difícil para sobrevivir. Mi familia era muy humilde sin y recursos de subsistencia, para salir adelante, trabajaban una pequeña parcela de tierra que heredaron de los abuelos paternos, pero lo que cosechaban era insuficiente: el problema residía en que la tierra era de secano y sólo se podían sembrar cereales y poco más, por supuesto siempre dependiendo del tiempo, ya que de no llover el esfuerzo quedaba en vano, no obstante, para paliar la falta de recursos mi padre solía echar algunas jornadas con vecinos colindantes.
Tenía poco más de un año cuando estalló la guerra civil española (17 de Julio de 1936). Esta guerra sin razón empeoró más la supervivencia, pues a pesar del esfuerzo de mis padres no mejoraban las carencias alimenticias.
Recién había cumplido dos años cuando una nueva hermanita llegó a la familia: era una niña preciosa con ojos azules y cabello rubio como el oro. Su nacimiento no fue en el mejor momento por la escasez de recursos, pero igualmente la recibimos con una inmensa alegría, y pensemos, que si hasta entonces habíamos podido comer cinco, también lo podríamos hacer seis. Fue bautizada y por voluntad de mis padres le pusieron de nombre Natalia como mi abuela materna.
No solo agravaban la situación las carencias alimenticias, también sufríamos maltratos físicos y psicológicos por parte de nuestro progenitor, y lo más doloroso que mi madre no se libraba de ellos. Para agredirnos utilizaba el cinturón y descargaba su cólera hasta quedar satisfecho, mi madre como siempre acudía en nuestra ayuda y recibía la peor parte.
Recién había cumplido cuatro años cuando terminó la guerra civil (1 de abril de 1939), y aún a mi corta edad pude darme cuenta que mi madre se estaba poniendo gordita y no por comer. Los comentarios no cesaban por parte de mi madre y de mis hermanos. Esperábamos un hermanito, aunque a decir verdad a mi padre no le hacía mucha gracia, ya que siempre que se hablaba del tema su respuesta era la misma―otra boca más que alimentar―La alegría por la espera del  hermanito no duró mucho tiempo, todo lo contrario, iba a suponer para nosotros una tragedia. En uno de sus arrebatos, mi padre agredió a mi madre con tan mala fortuna que le provoco una hemorragia interna. Enterados los vecinos aconsejaron a mí padre que llamara a un médico, pero siempre eludía el tema con la misma respuesta, que carecía de importancia, y que eran dolores naturales del embarazo.
Visto desde la distancia después de mis años vividos, sé lo que motivó a mi padre para impedir la visita de un médico, obviamente que la situación de aislamiento de aquellas zonas rurales no eran las más propicias para que se desplazara el médico, pues además de tratarse de recorridos largos, se debía realizar en caballerías. Esto daba lugar a encarecer más los honorarios que solía cobrar, y por supuesto no estaba al alcance de nuestras posibilidades, pero también es cierto que algo debía ocultar.
Los desplazamientos a los pueblos más cercanos se hacían en caballerías, por caminos quebrados y estrechos que apenas podía andar el animal. El tiempo necesario para realizar aquellos viajes nunca bajaba de unas tres horas.
Esto para la gente que no tenía recursos—como era nuestro caso—se convertía en un problema, si no disponían de una burra—lo más asequible—se tenía que ir andando. Pero a pesar de estos inconvenientes no pretendo justificar a mi padre, pues ante la gravedad de mi madre, algún vecino se habría ofrecido si lo hubiera pedido, no por favorecerle a él, ya que por su mal carácter tenía pocos amigos, sino por las buenas relaciones de mi madre con los vecinos.
Poco tiempo nos quedaba de disfrutar a mi madre: a sólo quince días del accidente nació mi hermano sin vida y se llevó a mí madre con él, quedando los cuatro hermanos a merced de mi padre. Murió desangrada y sin asistencia médica, y en nuestros corazones infantiles surgió la duda si fue por agresión o casualidad del destino. Este drama por voluntad de mi padre se convirtió en secreto de familia advirtiendo que bajo ningún concepto se volviera hablar del tema. La versión que dio a los vecinos fue la de un aborto.
Entre lágrimas y lamentos dimos sepultura en el mismo ataúd a mi madre y  hermanito que no tuvo la oportunidad de vivir.












Capítulo III. Fuimos explotados siendo niños




Rebaño de cabras en zona rural de Almería



Huérfanos de madre quedamos los cuatro hermanos a cargo de un padre maltratador, en una época en la que escaseaban los alimentos en toda España. Mi padre impotente para alimentar a sus hijos buscó trabajo a dos de mis hermanos siendo todavía niños, excepto a Natalia y a mí que éramos demasiado pequeños. El único trabajo que podían realizar a su corta edad era pastorear ovejas y cabras, el salario pactado trabajo por la comida, si se podía llamar comida, unas escasas migas hechas con harina y poco aceite.
En aquella drástica situación fue transcurriendo el tiempo hasta que cumplí siete años, edad que mi padre considero suficiente para pastorear cabras y ovejas en casa de un vecino cercano.
Por su parte siguió trabajando la parcela y engrosando el salario con jornadas en fincas de vecinos, pero su dedicación le impedía cuidar a mi hermana pequeña, y se veía forzado a dejarla sola en casa o, de prestado con una vecina compasiva de la niña. Ante la situación de desamparo de mi hermana pidió a mis abuelos paternos si podían llevarla con ellos hasta que mejorara nuestra situación económica. Estos cedieron sin poner objeción, ya que eran mayores y vivían solos. Contando que cuando cumpliera unos añitos más les serviría de ayuda en los trabajos de casa y de la tierra que poseían. Mientras, mi padre siguió solo en casa y sin nadie que le molestara. A pesar de que no vivíamos con él nunca dejo de agredirnos, bastaba un descontento de los amos sobre el trabajo para recibir sus caricias. Contando, con sus consejos a los patrones—No tengáis miramiento con ellos, si no cumplen con su trabajo una bofetada a tiempo los servirá de escarmiento—Son vagos y deben cumplir lo pactado.
Por lo tanto recibíamos agresiones de ambas partes y echábamos en falta el amparo de mi madre, que prefería recibir los azotes antes que los sufrieran sus hijos.
Fueron pasando los años y a pesar de trabajar de sol a sol la situación no mejoraba. Aparte de ser explotados al máximo por aquellos caciques vivíamos en una zona de máxima pobreza y existían pocas alternativas. Ante aquella situación, mi padre decidió que nos trasladáramos a otra zona rural donde las tierras eran algo mejores para el rendimiento.
Mi hermana Natalia tendría que seguir con los abuelos hasta que mejorara la situación económica para venir con nosotros—según promesa de mi padre—Pero sólo quedo en buenas intenciones y siguió viviendo con ellos hasta que tempranamente se casó para liberarse de ellos. Y digo liberarse porque con los abuelos fue también objeto de malos tratos, pues en aquella zona eran habituales por parte de los progenitores.



No tegáis miramiento con ellos,  una bofetada a tiempo sera un escarmiento