domingo, 20 de mayo de 2012

Capítulo XIX. Mi familia me dio por muerto.


De mi hermana Natalia nunca dejé de acordarme, recuerdo que era solo una niña cuando la vi por última vez y por los años que habían pasado suponía que tenía que estar hecha una mujer, nos separaban tan solo cuarenta kilómetros y tenía muchas ganas de verla, pero rehuía encontrarme con mis abuelos al ignorar si habrían perdonado el chantaje que les hice cuando huía de mi padre. Finalmente reflexione y me propuse realizar aquel viaje para ver a mi hermana y a los abuelos, hay un dicho que dice que el tiempo lo cura todo, habían pasado cinco años para olvidar, además, si me dieron por muerto lo lógico era que me hubieran perdonado.  
Pedí permiso al patrón y emprendí el viaje con la bicicleta que había comprado gracias a mis ahorros.
En la actualidad los pueblos de España están bien comunicados por carretera y ferrocarril, pero en la época de la posguerra las comunicaciones eran malas, sobre todo en las zonas rurales, esta particularidad influyó que mi padre no me encontrara a pesar de encontrarme a solo 40 kilómetros de mi tierra de origen, por lo tanto, me dieron como desaparecido y en el peor de los casos por muerto, obviamente nadie de la comarca me había visto desde hacía cinco años cuando engañe a mis abuelos.
Recorrer 50 kilómetros en bicicleta me costó casi un día al ser zona de montaña y pedalear cuesta arriba, con el agravante que eran caminos casi inaccesibles para las bicicletas.
No sé cómo expresar la reacción de una familia cuando después de largos años aparece de la nada una  persona de su sangre que han dado por muerta, pero pienso que debe ser el regocijo más grande, sin embargo, a mí apenas les cause impresión, me dieron un beso de bienvenida y poco más, aunque lo que más me desagradó fue encontrarme con la persona que menos deseaba ver, mi padre, me dio un beso de bienvenida y me preguntó dónde había estado durante todo aquel tiempo;  dijo que se había visto forzado a regresar a la tierra de origen por su incapacidad para trabajar la tierra que habíamos arrendado en Granada. Por otra parte, mi hermana Elena seguía desaparecida.
En cuanto a mis abuelos, me manifestaron que no perdonaban el engaño que sufrieron por mi parte.
Lo que más lamenté fue no ver a mi hermana Natalia, según mis abuelos se casó y fue a vivir a otra provincia: esta noticia me entristeció mucho, ya que mis sentimientos hacia ella eran muy fuertes e influyo mucho en mi regreso.
Mi padre y hermano Miguel, volvieron a trabajar la pequeña parcela que heredamos de los abuelos y que dejemos cuando nos traslademos a la finca que arrendamos.
Mi hermano me comentó que mi padre había cambiado a mejor por los desengaños sufridos y que le gustaría, trabajáramos juntos los tres como una familia unida; por mi parte dije que me encontraba bien en mi trabajo y que mi intención no era quedarme, conocía bien a mi padre y sabia que sus cambios eran esporádicos y duraban poco, otra cosa era la relación que mantenía con mi hermano que siempre fue su mano derecha viviendo él uno para  el otro.
Finalmente me convencieron y ni siquiera fui a despedirme de mi patrón para pedir el finiquito, pensé que sería bueno darle a mi padre una nueva oportunidad para intentar vivir juntos.
Gran error mío, hay un dicho que dice que la cabra siempre tira hacia el monte y lo mismo hizo mi padre. Como los tres no podíamos vivir de lo que producía la parcela acordaron sin contar conmigo que ellos dos la trabajarían, mientras que yo echaría mis jornadas en la finca de un vecino, con la ayuda de mis ingresos y el rendimiento de la parcela podríamos vivir los tres. Este acuerdo fue muy negativo para mí, mientras ellos estaban juntos en casa, yo vivía en la finca de mi patrón, resumiendo―que lograron desplazarme de su lado y se quedaban con mis ingresos ―una trama perfecta y bien ideada.
Habían transcurrido seis meses desde que empecé a trabajar con el patrón que me buscó mi padre y mi descontento era evidente, pues durante todos aquellos meses no percibí ni un céntimo del fruto de mi trabajo por ser mi padre el que cobraba por adelantado.
Tengo que reconocer que dejó de agredirme pero él era consciente que el niño que maltrataba se había convertido en un hombre y que no permitiría que le agrediera de nuevo, el siempre agredía a los débiles, y en varias ocasiones terminó con el cuerpo bien caliente en sus continuas disputas: el agredir lo llevaba en sus genes.
Ante su actitud, determine distanciarme de su lado para siempre, le di otra oportunidad de reconciliación y salió mal; por su culpa perdí el trabajo que tenia con Ramón el duque, no obstante, regresaría de nuevo para pedir perdón, pero habían transcurrido seis meses de ausencia y dudaba que estuviera vacante.




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