domingo, 20 de mayo de 2012

Capítulo XVI. El nacimiento de mi hija




Por fin llegó el día del alumbramiento y me entere por mi patrón que había sido una niña y de nombre le pondrían María. De Rosa no disponía de noticias desde que fui expulsado de la residencia, obviamente sabía que puso todos los medios a su alcance para evitar que viera a mi hija. Consciente de su cruel actitud, solo me quedaba la esperanza de que cumplieran lo que me prometieron y me dejaran apadrinar a la niña.
 Decidieron la fecha del bautizo y comunicaron a los trabajadores que sería una celebración especial, qué asistirían invitados de alta sociedad y qué nos darían a los trabajadores en la residencia un banquete extra.
Por supuesto que intuía que no permitirían que obreros y señoritos comieran juntos, seria una bajeza para el caciquismo, y como era de suponer evitarían que un triste obrero apadrinara a su hija, pero no quedaría con los brazos cruzados, recordaría a mi patrón su poca formalidad y su promesa incumplida.
En cierta ocasión que coincidimos en el trabajo le dije:
Señor Diego, permítame que le recuerde que me prometió que sería el padrino de la niña.
Pero bueno, ¡Hasta dónde pretendes llegar! No te diste cuenta que se trataba de una broma ¿Crees que elegiría a un delincuente que salió de la cárcel para apadrinar a mi hija?
¡Señor, fue usted quien lo prometió!
¿Y tú lo creíste ignorante? No te despedí en aquel momento, pero si sigues con exigencias absurdas tendré que hacerlo ahora: Y, va para ti una seria advertencia, que no se te ocurra entrometerte en mi familia! De lo contrario, como dijo mi esposa terminaras de nuevo en la cárcel por muchos años, por lo tanto, fuera de mi despacho y a trabajar duro.
Obedecí sin replicar y me dirigí al puesto de trabajo, dejaría el tiempo correr para asistir al bautizo y esperaría ese día tan significativo para mí, después seguiría buscando caminos inciertos en mi vida errante, pero atrás dejaría una parte de mí mismo sin derecho a reclamar.
Finalmente conseguí verla, pero a treinta metros de distancia, a los trabajadores nos situaron en las últimas filas de sillas de la pequeña Iglesia, las primeras como de costumbre estaban  reservadas para la clase alta, la media no existía: solo existían ricos y pobres, la diferencia entre la clase  trabajadora y la burguesía era muy grande.
Los padrinos los eligieron por parte de la familia de Rosa sin darme la oportunidad de besar a mi hija por incumplir la promesa que prometieron; aquel día fue para mí uno de los más triste de mí vida y no pude evitar que mis lágrimas resbalaran por mis mejillas.
Después de terminar el bautizo nos dirigimos al departamento donde nos tenían preparada la comida, y mientras mis compañeros lo pasaban en grande para mí era lo contrario, no probé bocado motivando que me encontraba enfermo, ya que se percataron de mi tristeza. Después de comer hizo acto de presencia el patrón y nos dio una pequeña charla. Según sus palabras era el día más feliz de su matrimonio, ya que después de tantos años sin tener descendencia, Dios había escuchado sus plegarias y les había concedido la hija que deseaban. Desde la distancia tengo que comentar que sufrí mucho mientras daba la charla, pues en ademan de burla siempre que nombraba a su ilegítima hija dirigía su mirada hacia mí. 
En aquella situación angustiosa fueron pasando días, mi trabajo en aquel lugar se me hacía cada día que pasaba más difícil, vivía en constante tensión y no conseguía conciliar el sueño, sabiendo que a poca distancia había un trocito de mi ser que no me dejaban ver, y era la que me retenía para poder besarla aunque fuera una vez en mi vida. Pero los días iban pasando sin esperanza para mí, obviamente ponían todos los medios a su alcance para evitar el encuentro con mi hija. Triste y desmotivado entré en un agotamiento físico psicológico y dejé de rendir en el trabajo, tanto como para recibir un aviso de cancelar mi contrato si no mejoraba el rendimiento. Desmoralizado opté por abandonar y me adelante a los acontecimientos de despido para alejarme de lo que más quería en el mundo sin derecho a reclamar, pero sabía que en mi alma viviría para siempre. Por su parte, el jefe me pagó lo que me correspondía sin poner objeción a mi decisión, e incluso me animó deseándome mucha suerte, aunque en la expresión de su cara pude ver una mueca de burla cuando dijo:
Arturo, fue un placer que trabajaras para nosotros e hiciste un buen servicio a la empresa, mi esposa como yo agradecemos tu colaboración. Ella no ha podido venir por encontrarse cuidando a la niña, pero ha dicho que te despida de su parte deseándote mucha suerte.
Si esperaba que diera las gracias por sus cumplidos se equivocaron de persona, sin embargo, no pude evitar las lágrimas que empezaban a resbalar por mis mejillas, se percató de mi malestar y tuvo la desfachatez de herir más mis sentimientos:
¡Comprendo que estés triste Arturo, a todos nos pasa igual cuando nos despedimos de las personas que nos quieren!
Estas fueron las últimas palabras que oí de aquel mal nacido.

 

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