domingo, 20 de mayo de 2012

Capítulo XXVI. Una carta me destrozó el corazón





Solo faltaba una semana para mi traslado a Melilla cuando recibí una carta del padre de Ana que me rompió el corazón en mil pedazos. La vista se me nublo y no pude seguir leyendo, la mujer que amada había sufrido un fatídico accidente y perdió la vida, según la fecha  que se produjo la carta llegaba con retraso y era de suponer que le habrían dado sepultura. Sus padres estaban desechos por la pérdida de su hija mientras que yo entraba en un mundo de oscuridad y mi vida dejaba de tener sentido, sabía que no podría recuperarme de tan lamentable perdida y deseaba morir para reunirme con ella, de lo contrario mi vida seguiría como siempre errante y mi corazón no lo podría ocupar otra mujer, mi amada siempre viviría en mi, y aunque no la viera en el mundo real recurría a mis sueños para poderla hallar…
¡¡¡Hay amor de mi vida en qué realidad estás que solamente en mis sueños te puedo encontrar.
Haz que mi sueño sea eterno, que me enrede en tu pelo para poderte besar, solo deseo la miel de tus labios que siempre me das y fundirme contigo en la eternidad, porque sin ti no deseo despertar!!!
En un fatídico accidente mi amor y mi hijo que aún se encontraba en el claustro materno no estarían junto a mí, triste y desolado deje de ingerir alimentos, me encontraba desmotivado y enfermé en una depresión tan aguda que fui ingresado de urgencia en un hospital militar.
Al mes del ingreso me dieron de alta, según la ciencia médica mi enfermedad era psicológica y no tenía nada grave, pero yo sabía que mi enfermad era de amor y que no tenia cura, ella viviría siempre en lo más profundo de mi ser hasta que me quedara un halo de vida.
Fue pasando el tiempo hasta que cumplí el servicio militar. A los padres de Ana no deje de escribirles, en sus cartas me decían que me esperaban en su casa con los brazos abiertos para descansar unos días cuando me licenciara, y aunque lo deseaba para visitar su tumba también era consciente de lo que sufriría cuando me encontrara en casa sin ella, la situación no era la misma, para mi suponían recuerdos muy dolorosos sin su compañía, pero a pesar de todo acepte la invitación y embarque una vez más con rumbo hacia Melilla.
Tal como dijo el padre de Ana me recibieron con besos y abrazos, y predominaron las lágrimas derramadas sin contener nuestro llanto, después de serenarnos un poco el padre de Ana explicó cómo fue el accidente, el autobús que viajaba Ana se precipitó al vacío por un puente y hubo que lamentar veinte muertos y siete heridos. Aquella tarde compre un ramo de flores y me dirigí al cementerio en compañía de los padres de Ana. Mis lágrimas no dejaban de aflorar y mi pañuelo estaba empapado, percatándose de ello la madre de mi difunta amada me dio uno de repuesto. Me preguntaba una y mil veces preguntas que no obtenían respuesta. En toda mi vida aparte de mi difunta madre no tuve a nadie que me amara, y una vez que encuentro a la mujer que me ama y que amo se va para siempre y me deja en la más completa soledad y con el corazón destrozado.
Porqué te fuiste amor mío amándote como te amo!!! Contemplé llorando su tumba sin poder aceptar que lo que más quería en el mundo estaba detrás de aquella fría lapida sin poder contestar mis palabras. No sé si me escucharía desde algún lugar que yo ignoraba, pero le pedía desde lo más profundo de mi alma que escuchara mi voz, que aunque no estuviera a mi lado seguiría amándola y nunca olvidaría la dulzura de sus labios, sus caricias, su ternura y sonrisa. Deposite aquel ramo de rosas en su tumba y bese su nombre grabado en aquel mármol frío anegándolo con mis lágrimas. Por un momento deje de llorar por carecer de  lagrimas para  derramar, y en silencio absoluto contemple por última vez la tumba de mi amada dándole mi último Adiós.






 

 

 

 

 

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