domingo, 20 de mayo de 2012

Capítulo VI. Mi encuentro con Isabel.

Para alivio de los señores que se sentían molestos por las canciones obscenas que cantaban los jóvenes,  el revisor del tren advirtió a estos que dejaran de cantar, de lo contrario les obligaría a apearse en la próxima estación. Sus palabras surtieron el efecto deseado y dejaron de cantar. Yo permanecía nervioso en mi asiento al no dejar de mirarme los señores como sí intuyeran mi problema. Finalmente la señora rompió el silencio para decir.
― ¿Niño te encuentras mal…?
Sin darle tiempo a terminar la frase contesté:
― ¡No me pasa nada! ¡Solo que estoy nervioso!
― ¿Y hacia dónde te diriges tan joven y solo?
― ¡Ni yo mismo lo sé señora!
Conversamos durante un buen rato y les mentí  que me encontraba solo, que mis padres habían muerto en la guerra y vivía en la calle sustentándome de la caridad de la buena gente. Mi mentira surtió efecto y creo que la señora llegó a compadecerse de mí.
Por un momento dejaron de hablar y empezaron a dialogar por lo bajito entre los dos, por sus gestos supuse que se referían a mí al no dejar de mirarme, en nada me equivoqué, la mujer que parecía llevar la voz cantante se dirigió a mí y me dijo:
―Niño, pon mucha atención a lo que te voy a decir, hemos tenido la desgracia de perder a nuestro hijo único en la guerra y nos sentimos muy solos, según dices no tienes familia y no sabes a donde ir. ¿Qué te parece si vienes a vivir con nosotros? Sólo tendrás que cuidar del jardín y hacer algún recado, a cambio tendrás comida, cama donde dormir y ropa para vestir, piénsatelo bien, porque solo queda una hora de viaje.
Quedé sorprendido ante la propuesta y pensé que la providencia ponía a aquellos buenos señores en mi camino. Casi no haría falta comentar al lector lo que pensaba al respecto, mi situación no era buena y aprovecharía la oportunidad que me brindaban, en ellos vi la alternativa a mi problema, dije gracias y acepte la propuesta sin más preámbulos.
Por otra parte, no comprendía lo que la señora sentía por mí, si lo hacía por compasión, o porque echaba de menos al hijo que perdió. Deseche mis pensamientos que no conducían a nada y deje que él destino decidiera por mí.
Durante el trayecto no dejamos de hablar e intuí que tenían que ser buenas personas, calculé que se encontraban en edad de cincuenta y sesenta años. Por la forma de vestir y expresión supuse  que debían  ser de clase alta y no era de extrañar que ejercieran algún alto cargo y estatus importante.
Me manifestaron que el señor se llamaba Pedro y la señora Isabel. Por mi parte, les dije que mi nombre era Arturo y a partir de aquí empezó una aventura más para mí.
Me encontraba centrado en mi pensamiento cuando intervino para decir, Arturo prepara el equipaje que nos apeamos en la próxima estación.
Estas fueron las primeras ordenes que recibí de la que ya era mi patrona, y las dio con tal autoridad que corroboré mi intuición: era ella la que mandaba y no su esposo como ocurría en aquella época. Obedecí y empezamos a apearnos, ya que se había detenido el tren. 
Habíamos puesto los pies en el suelo y nos estaban ofreciendo un servicio de taxis. Aquellos taxistas se disputaban el servicio a los viajeros que llegaban a la ciudad de Almería, aunque muy pocas personas podían permitirse aquel lujo en tiempo de la posguerra. Sin embargo, mis patrones tenían contratado su propio taxista que les esperaban con antelación; hizo un saludo de reverencia y nos abrió ambas puertas para qué subiéramos mientras colocaba el equipaje en el maletero.
Apenas llevábamos unos diez minutos de recorrido cuando paró el coche en la misma puerta de la casa. Después de descargar el equipaje Isabel despidió a su chofer con una propina, este hizo una reverencia de inclinación de cabeza y se despidió.
Recién habíamos entrado en la casa cuando la patrona ordenó que la siguiera para enseñarme toda la casa y la habitación que me asignaban para dormir.
Empezó primero por el comedor: este era de gran dimensión y nunca había visto nada igual; observé unos muebles antiguos y muy bien conservados. En las paredes colgaban varios cuadros con barcos de guerra en posición de combate. También había de hermosos paisajes y de animales exóticos, todos pintados por grandes pintores de nuestra historia. Después nos dirigimos a las habitaciones: éstas estaban alineadas y muy bien amuebladas. Habíamos visitado siete, cuando me percate que se pasaba una por alto; intente decírselo, pero para mi sorpresa no dejo que terminara la frase: ¡Arturo esta habitación es sagrada para mí, por lo tanto, que no se te ocurra de entrar jamás! Eres libre de andar por la casa, pero olvídate de que existe esta habitación. 
Sorprendido por el cambio brusco en su actitud hice un ademán de inclinación de cabeza y conteste: ¡Lo que usted mande señora, para mí como si no existiera!



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