domingo, 20 de mayo de 2012

Capítulo X. Me internaron en un correccional de menores .



En un intento de sustracción del bolso a una señora todo se complicó para mí, una mano presionaba mi brazo tan fuerte que di un grito de dolor, fue como si me lo aplastara un cepo trampa. Rogué al hombre que atenazaba mi brazo que me lo dejara libre, pero hizo todo lo contrario, cada vez lo presionaba más. Te lo voy arrancar de cuajo ladronzuelo, te aseguro que no volverás a robar.
Al dolor físico se añadió otro más doloroso–el psicológico–Cuando le oí decir con voz autoritaria: ¡Soy policía! Me preguntó por mi nombre y el de mis padres y dónde vivía. A la primera pregunta le mentí recurriendo de nuevo a la versión de que no tenía familia, a la segunda dije la verdad, que vivía en la calle debajo del puente. Después de oír mi respuesta me apretó más el brazo, porque no terminaba de creer que decía la verdad, ante mi insistencia desesperada y para alivio de mis penas me soltó el brazo, respiré hondo y pensé que todo se había solucionado, pero no era su intención dejarme libre, ni mucho menos, pues con voz autoritaria dijo, sígueme que estás detenido, le seguí sin replicar cabizbajo y me condujo a un centro para pequeños delincuentes.
Una vez que ingresé, no le vi más, pero me acordé de su cara y no para bien, porque me dejó el brazo inservible durante todo un mes.
Tarde poco en darme cuenta de que el centro de menores era una cárcel de castigo para niños de la calle, además de padecer hambre, nos golpeaban la espalda con porra, según decían para redimir el mal ocasionado a la sociedad, también se daba algún caso de violación por algún pederasta que sentía atracción por los niños. Tuve suerte de no ser elegido por ninguno de aquellos mal nacidos.
En principio y por temor a mi padre oculté en el interrogatorio que tenía familia, gran error mío, los internos que habían cumplido su pena eran devueltos a sus familiares, mientras que los huérfanos permanecían allí hasta su mayoría de edad, que en aquella época era a los veintiún años.
Por supuesto, que no pensaba esperar tantos años para salir de aquel infierno, tendría que reflexionar y contar la verdad, pues aunque testificara que era huérfano de padre y madre, declararía que vivían mis abuelos, ya que esperaba que fueran más tolerantes conmigo.
También era consciente de la disciplina del correccional, y que por mentir en mi primera declaración respecto a mi familia no me libraría del arresto de un mes en el calabozo. Pero aún así, aceptaría el castigo para evitar estar en aquella cárcel de niños hasta mi mayoría de edad. Y no me equivoqué: me encerraron un mes en el calabozo.
Cuando salí de aquel calabozo tan oscuro sin apenas ver la luz, más la falta de espacio para moverme, creí haber perdido la facultad para mover las piernas, la luz del día me cegó los ojos y tuve que cubrirlos con un pañuelo, pero no tardé en recuperarme y me prepare para afrontar lo que el destino me tenía reservado.

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